JUAN TERRY TRIPPE
Juan
Terry Trippe nació el 27 de junio de 1899
en el pequeño pueblo de Sea Bright, New Jersey.
El nombre español de Trippe —Juan—
provenía del cariño que su madre tenía
por una tía llamada Juanita. La verdad es
que Trippe odiaba ese nombre, a pesar de lo cual
nunca intentó ocultarlo. Por otro lado, estaba
orgulloso de sus antepasados, llegados a Maryland
en el siglo XVII. En 1917 completó su educación
secundaria, e ingresó a la prestigiosa Universidad
de Yale. Años después, sus compañeros
allí lo recordarían como un joven
tímido, indeciso y cortés, que pasaba
los cursos sin destacar.
Al entrar los Estados Unidos en la I Guerra Mundial,
el joven Trippe se enlistó en la Marina,
y recibió entrenamiento como bombardero,
y aunque no llegó a entrar en combate, quedó
enamorado de la aviación. Sin embargo, terminado
su servicio, cumplió el mandato familiar
—su padre era un banquero— regresó
a Yale, donde fundó un club de vuelo. Egresó
en 1921, y fue entonces a trabajar a Wall Street
donde, según contaría después,
se aburría horriblemente.
Así que cuando el ambicioso Trippe cobró
una herencia que le permitió cierto desahogo
económico, decidió lanzarse a cumplir
su sueño, y se fue a trabajar a la New York
Airways, una pequeña compañía
de taxis aéreos frecuentada por los ricos
de esa pujante ciudad.
Pero Trippe quería su propia compañía,
y en 1923 creó la Long Island Airways, para
la que compró nueve biplanos excedentes de
la Armada a 500 dólares cada uno. La compañía
contaba con seis pilotos, pero casi se puede decir
que todo era obra de Juan, quien era presidente,
director de ventas, piloto, mecánico y cualquier
otra cosa que fuera necesaria para mantener su incipiente
aerolínea a flote, lo cual no era fácil.
Casi todo el trabajo consistía en vuelos
de bautismo por Long Island, con ocasionales viajes
a Canadá y La Florida, y la realidad es que
perdía dinero. Finalmente, en 1924, los aviones
dejaron de funcionar, y sin capital para repararlos,
la compañía debió cerrar.
Por entonces, el mayor problema de todas las aerolíneas
era la dificultad para generar un ingreso regular
que les permitiera sobrevivir hasta establecerse
en el mercado. Pero en 1925 surgió la herramienta
que permitiría el definitivo despegue de
la aviación comercial: se firmó el
Acta Kelly de Correo Aéreo, que habría
de concesionar las rutas de este servicio. Y Trippe
no estaba dispuesto a quedarse en tierra.
Recurrió a algunos de sus viejos amigos de
Yale, a los que pidió que invirtieran en
una nueva aerolínea que pelearía por
quedarse con esas rutas. Fundó así
la Eastern Air Transport, con el objetivo de conseguir
el contrato para la ruta entre New York y Boston.
El problema era que tenía allí un
duro competidor en la Colonial Airways. Trippe desarrolló
entonces una de sus inteligentes maniobras, y logró
la fusión entre ambas compañía
bajo la marca de Colonial, cuya presidencia asumió.
El contrato fue suyo.
En 1927, Trippe se enteró de que se abriría
una nueva ruta entre Miami y La Habana, y decidió
ir por ella. Sin embargo, al llegar a La Florida,
se encontró con que ya operaban allí
dos compañías: la Atlantic, Gulf and
Caribbean Airways y la Pan American Airways Inc.
La Atlantic había sido fundada el 11 de octubre
de 1926 por Richard Hoyt, un destacado agente de
bolsa de New York. La aerolínea carecía
de aviones, pero contaba con una importante infraestructura
financiera y comercial. La Pan American, por su
parte, había sido fundada el 14 de mayo de
1927 por cuatro oficiales del Cuerpo Aéreo
del Ejercito de los Estados Unidos encabezados por
Henry H. “Hap” Arnold. Su razón
era en parte por interés nacional, ya que
sus creadores estaban preocupados por la creciente
influencia de SCADTA, una compañía
alemana que operaba en Colombia y el Caribe.
El 2 de junio de 1927, Trippe creó una compañía
para entrar en el concurso, la Aviation Corporation
of America, nuevamente con el apoyo de sus amigos
de Yale, como William A. Rockefeller y Cornelius
Vanderbilt Whitney, que fue su primer presidente.
Esta empresa había sido constituida sobre
la base de otras dos aerolíneas de La Florida,
una de las cuales operaba ya un servicio más
o menos regular a Cuba.
Luego, con el fin de tener algo con qué negociar,
viajó a La Habana donde consiguió
que el Presidente Machado le concediera derechos
exclusivos para volar a la isla.
El contrato fue finalmente ganado por Arnold y su
Pan American Airways, pero entonces se dio la curiosa
circunstancia de que ésta carecía
de aviones, y del dinero para adquirirlos. El dinero
y los recursos financieros estaban en manos de Hoyt,
mientras que el permiso para operar en Cuba era
de Trippe. La fusión entre las tres compañías
se hizo entonces necesaria.
Pero no fue una negociación fácil.
Inicialmente se le ofreció a Trippe una participación
minoritaria, pero sabiendo que nada se podría
hacer sin el permiso para operar en la isla, se
mantuvo firme en sus aspiraciones de obtener el
control de la aerolínea que surgiera. El
23 de junio, finalmente, las tres compañía
convergieron en la Aviation Corporation of the Americas,
dentro de la cual la Pan American sería la
operadora del contrato. Hoyt fue nombrado presidente
de la primera (luego reemplazado por “Sonny”
Whitney), mientras que Trippe fue nombrado director
general y gerente de la segunda. Tenía apenas
28 años.
«La Pan American» —escribió
un investigador de sus primeros tiempos— «fue
formada por gente rica con muchas ganas de volar».
Tenía razón. Un subdirector de aquella
época se entretenía calculando el
dinero que sumaban los jóvenes Vanderbilt
Whitney, Harriman y Lehman, a quienes se veía
sentados en torno a la mesa del consejo de administración.
Quedó estupefacto al ver que la cifra casi
llegaba a los 850 millones de dólares.
Pero tras el duro trabajo desarrollado por Trippe
para constituir la aerolínea, estuvo a punto
de no poder cumplir con su primer contrato. Éste
exigía que el servicio comenzara el 19 de
octubre de 1927, pero el día anterior aún
no habían llegado los dos Fokker pedidos.
Trippe había viajado a Washington para intentar
convencer al director de Correos de que le extendiera
el plazo, pero mientras lo intentaba, un hidroavión
perteneciente a la West Indian Aerial Express, comandado
por el piloto acrobático Cyril C. «Cy»
Caldwell, acertó a detenerse en los cayos
para repostar, y fue inmediatamente alquilado y
enviado a Cuba con el correo, que llegó justo
a tiempo. De hecho, el «La Niña»
—como había sido bautizado apresuradamente
el hidroavión— llegó a La Habana
una hora antes del cablegrama que anunciaba su partida.
El avión regresó esa misma tarde a
los Estados Unidos y, una vez más, lo hizo
una hora antes que el cable que anunciaba su salida.
Durante la semana siguiente, una brigada de hombres
limpió a toda prisa una pista en una pequeña
isla de Key West para que pudieran operar los Fokker,
y cuando los aviones finalmente llegaron —y
con un granero como hangar— la compañía
pudo ofrecer un servicio diario a Cuba, inaugurando
el servicio de pasajeros el 28 de enero de 1928.
Es interesante cómo adquirió Juan
Trippe aquellos Fokker Estos aviones, de tres motores,
eran obra de Anthony Fokker, un diseñador
aeronáutico holandés que acababa de
llegar a los Estados Unidos para establecerse. La
pieza que pretendía producir allí
era el Fokker F-7 TriMotor, una modificación
del monomotor que había fabricado en su país
de origen. El joven empresario quedó tan
impresionado por la seguridad que ofrecía
el aparato que no dudó en realizar un vuelo
de prueba con el diseñador. Éste se
llevó a cabo en diciembre de 1926. Entonces
ocurrió un incidente que fue relatado por
el mismo Trippe: «Cerca de Key West, en los
Estrechos de Florida, se paró un motor, y
después, mientras buscábamos un sitio
para aterrizar, se paró otro. Nos posamos
en uno de los cayos, cubierto de manglares, reventamos
los neumáticos y dañamos el fuselaje
y el ala, pero nosotros nos libramos con sólo
algunas sacudidas.» Trippe ofreció
este relato como prueba de la seguridad del avión,
pero sus amigos y socios se enfadaron cuando supieron
que ya había encargado dos de esos caros
aparatos por iniciativa propia, y le pidieron que
se desdijera.
El emblema adoptado por la nueva firma era un globo
del que salía un ala de águila. Era
magnífico, pero coincidía poco con
la realidad de la empresa. Su patrimonio consistía
en dos aviones, un pequeño despacho de billetes
en el hall del Hotel Biltmore de La Habana, otro
en el aeropuerto de Key West, La Florida, y una
oficina central de tres habitaciones en la calle
42 de New York. Las reservas en efectivo eran tan
escasas que Trippe aceptó cobrar su salario
en acciones de la compañía, y muchas
veces tuvo que pagar el alquiler de la oficina —de
60 dólares— de su propio bolsillo.
Aún así, Trippe aspiraba a que el
emblema se hiciera realidad. Y para lograrlo contaba
con el don de la palabra. Un ingeniero aeronáutico
recordaría muchos años después:
«Me llevó a comer a principios de 1927.
Después de oírle, dejé un trabajo
que podía ser para toda la vida y me fui
a su disparatada compañía. Cuando
llegué a casa no me atrevía a contárselo
a mi mujer». Otra de la incorporaciones logradas
por Trippe de esta forma fueron André Priester,
un ingeniero holandés y amigo de Anthony
Fokker, a quien contrató para que estudiara
el diseño de nuevos hidroaviones necesarios
para cubrir rutas más largas, y Hugo Leuteritz.
Leuterlitz era un joven y larguirucho ingeniero
de la Radio Corporation of America (RCA) que había
estado trabajando casi por su cuenta en el desarrollo
de un equipo de navegación por radio para
aviones, dispositivo esencial para vuelos largos
sobre el mar. Los equipos de navegación por
radio existentes eran muy primitivos y demasiado
voluminosos para su uso en aeronaves. Además,
en los trópicos, donde Trippe pensaba volar,
las interferencias atmosféricas, que producían
ruidos en los receptores, eran tan intensas que
era imposible para los pilotos captar la señal.
Leuterlitz creía poder resolver esos problemas,
pero la mayoría de los empresarios de aviación
se mostraron escépticos, y nadie quiso financiar
sus investigaciones. Trippe no sólo lo escuchó,
sino que le facilitó 25.000 dólares
y le dio permiso para instalar su rudimentario equipo
en los aviones de Pan American.
Mientras tanto, Trippe se había enterado
de que se estaba preparando dos nuevas rutas de
correo aéreo. Pero considerando que había
llegado ya el momento de ser él quien impusiera
condiciones, logró, a través de un
compañero de la universidad que le fuera
presentado el propio Kelly, director del Correo
de los Estados Unidos. Tras dos horas de conversaciones,
no sólo obtuvo un tácito compromiso
de favorecerlo, sino que se introdujera en la ley
una cláusula que dejaba en manos del citado
director la decisión final.
El 8 de marzo de 1928 Pan American obtuvo los dos
nuevos contratos. De hecho, sus pilotos había
ya recorrido las ciudades que jalonaban las rutas
para obtener en cada una de ellas los derechos exclusivos
de aterrizaje para su compañía. Sin
embargo, la relación entre Trippe y Washington,
era casi inevitable. El gobierno americano estaba
cada vez más preocupado por la influencia
europea en el continente, y lo cierto era que Pan
American parecía ser la mejor herramienta
para contrarrestarla.
Trippe aprovechó el buen momento para contraer
matrimonio con Elizabeth Stettinius, hija de un
socio de J. P. Morgan y hermana de Edward, un compañero
de la universidad, que con loa años llegaría
a ser presidente del consejo de administración
de la U. S. Steel Corporation y, más tarde,
Secretario de Estado de su país. Tras la
luna de miel, Trippe siguió con su política
de extender sus rutas, para lo cual encargó
al diseñador aeronáutico Igor Sikorsky
el desarrollo de un nuevo un anfibio, pues con toda
razón creía que el hecho de poder
operar tanto desde tierra como desde agua, facilitaría
la creación de nuevas rutas.
El resultado fue el S-36, que entró en servicio
el 4 de febrero de 1929, piloteado por Carles Lindbergh,
el primer hombre en cruzar el Atlántico en
solitario, en avión. Trippe había
conocido al héroe en febrero de 1928, apenas
unos meses después de aquél vuelo.
Trippe lo invitó a incorporarse a la compañía
como asesor, y Lindbergh aceptó a cambio
de cobrar parte de sus honorarios en opciones de
capital. Aunque Lindbergh no trabajó en exclusiva
para Pan American, sus consejos dieron forma a la
estrategia de la compañía durante
las siguientes tres décadas. Siguiendo las
huellas de Lindbergh y de otros exploradores aéreos,
pronto comenzaron a llegar a los distintos lugares
seleccionados las brigadas de constructores enviadas
por Pan American, en barcos y canoas, a pie y en
burro, abriéndose paso a través de
kilómetros y kilómetros de espesas
selvas. En el plazo de seis meses, estos hombres
montaron una red de campos de aterrizaje y puestos
de navegación a lo largo de 1.300 kilómetros
de selvas y pantanos, entre los territorios de Panamá
y Honduras Británica.
Y mientras este trabajo se realizaba, Trippe comenzó
a pensar en América del Sur. Creó
allí la Peruvian Airways, en Lima, y la Chilean
Airways, en Santiago. Luego hizo lo que nadie creía
posible: compró la tan temida SCADTA, y finalmente
se asoció con la poderosa empresa naviera
W.R Grace and Company para dar nacimiento a Panagra,
tal vez la mayor subsidiaria de Pan American y con
la que controló por años todo el tráfico
aéreo en la costa del Pacífico de
América del Sur.
Luego, en septiembre de 1930, absorbió la
New York, Rio and Buenos Aires, una aerolínea
que, fundada por el As de la I Guerra Ralph O’Neill,
operaba una ruta entre New York y Buenos Aires,
que le dio también el control de la costa
del Atlántico. En apenas tres años,
Trippe había pasado de operar una ruta de
150 kilómetros a una red de más de
32.500 kilómetros, a través de veinte
países, convirtiéndose, a los 31 años,
en el presidente de la mayor aerolínea del
mundo, en distancias recorridas.
Mientras tanto, Trippe continuaba siendo para casi
todos un misterio. Tras un viaje de 14.000 kilómetros
por Venezuela, Colombia y América Central
en un hidroavión piloteado por Lindbergh
y acompañados por sus respectivas esposas,
Trippe dejó esta sensación en Anne
Lindbergh: «un hombre grande y torpe como
un oso, que producía una gran sensación
de bondad». Uno de sus más antiguos
amigos señaló que «Juan es en
esencia un solitario, no se explica con facilidad».
Y se explicaba tan poco que sus socios casi nunca
sabían lo que iba a hacer. En las reuniones
de trabajo, solía sacar del bolsillo unas
notas garabateadas y proponer, sin ningún
aviso previo, un nuevo proyecto. Muchas veces las
notas iban a la papelera, sin dejar rastro oficial
del asunto. Como señaló uno de sus
colaboradores, «llevaba la Pan American en
la cabeza». Pero gracia a él, finalmente
la aerolínea podía hacer honor a su
ambicioso nombre, pues realmente se había
convertido en una compañía «panamericana».
Juan Trippe, entonces, dirigió su atención
a los otros continentes.
Europa constituía por entonces un problema
debido a la negativa británica a conceder
los permisos de operación si los estados
Unidos no hacían lo mismo con Imperial Airways,
su aerolínea de bandera. El Pacífico,
por su parte, aunque presentaba problemas mayores
que el Atlántico, estaba libre para ser explotado.
Sin embargo, necesitaba un avión capaz de
hacerlo, dando nacimiento con los requerimientos
formulados al Sikorsky S-42 y al Martin M-130. Lo
gracioso es que Trippe era tan reservado que sus
socios no supieron en dónde pensaba utilizar
las aeronaves encargadas hasta que una mañana
de diciembre de 1934, en una reunión de trabajo,
dijo calmadamente: «Estamos listos para volar
sobre el Pacífico».
Además de los aviones, Trippe adquirió,
en 1932, una pequeña compañía
americana en China, creando la China National Aviation
Corporation (CNAC), en combinación con el
gobierno chino. Como él mismo subrayó,
se trataba de «fijar el otro extremo de una
futura línea transoceánica».
Luego llegó el apoyo de la US Navy, que permitió
y asistió en la construcción de las
bases necesarias para el abastecimiento y mantenimientos
de las aeronaves y hombres que se aventuraran al
cruce del Pacífico, en Pearl Harbor, en Midway,
en Wake y en Guam.
Mientras tanto, Trippe decidió tantear a
Washington sobre la posibilidad de un contrato de
correo. Su carta al director general de Correos,
James Farley, fue de tan encendido patriotismo que
un alto funcionario del Departamento de estado llegó
a decir: «Trippe siempre dice que lo primero
es América, pero a veces es difícil
saber si es pro americano o pro Pan Americano».
El 16 de abril de 1935, finalmente, el S-42 NC823M
partió desde San Francisco con rumbo a Honolulu.
A la mañana siguiente, el avión dio
una vuelta alrededor de Pearl Harbor y amarizó.
A los cuatro días emprendió el regreso.
Trippe, por su parte, se había asegurado
el contrato postal a Hawai, mediante el trámite
habitual: comprar a la competencia. En este caso,
dos líneas hawaianas recién creadas:
Inter-Island Airways y South Seas Commercial.
En la tarde del 22 de noviembre de 1935, ante una
multitud estimada en casi 25.000 almas y en presencia
del director general de Correos, James Farley y
de las autoridades locales, y tras escucharse un
mensaje de enhorabuena del presidente Franklin D.
Roosevelt, a través de una conexión
internacional de radio, Juan Terry trippe, presidente
de Pan American, tomó el micrófono
y se dirigió al piloto, Eddie Musick: «Comandante
Musick, tiene usted su plan de ruta. Suelte amarras
y parta para Manila según lo previsto.»
Una banda comenzó a toca Barras y Estrellas
y el M-130 China Clipper inició el primer
servicio de correo aéreo a través
del Pacífico.
El primer vuelo de pasajeros se llevó a cabo
entre el 21 y el 27 de octubre de 1936. Cinco pasajeros
privados, que pagaron la fortuna de 1.438,20 dólares,
junto con algunos empleados de la compañía,
hicieron el trayecto completo de San Francisco a
Manila a bordo del Hawaii Clipper.
Pero para completar el cruce, Trippe necesitaba
el permiso para operar en Hong Kong, el cual los
británicos se negaban a dar si no se les
hacía la misma cortesía en Hawaii.
Juan insistió durante un tiempo, y luego
acudió a los portugueses, que estuvieron
gustosos de ofrecer Macao. Tan pronto como los comerciantes
ingleses se enteraron, presionaron a su gobierno,
y éste finalmente se vio obligado a dar el
permiso, sin recibir nada a cambio.
Lejos de conformarse, Trippe comenzó a planear
otras rutas, a través de Australia y Nueva
Zelanda. Y aquí chocó con los australianos,
a quienes se les había negado el permiso
para operar en Hawaii. Logró que la isla
de Cantón fuera declarada posesión
de los Estados Unidos, a fin de servir como posta,
y luego que fuera enviado allí un cazasubmarinos,
desde Samoa, para tomar posesión de ella.
Luego recurrió a la misma maniobra que en
Hong Kong: cuando los australianos se negaron a
dar permiso si no se les autorizaba Hawaii, recurrió
a los neozelandeses, y cuando estos aceptaron, aquellos
también debieron hacerlo.
Sin embargo, dos accidentes que se sucedieron en
poco tiempo, afectaron la confiabilidad del público,
y la ruta comenzó a perder dinero. Finalmente,
acusada Pan Am de operar más allá
de sus capacidades, el gobierno le retiró
la autorización para operar en Pago Pago,
y la ruta a Nueva Zelanda se interrumpió.
Trippe, entonces, volvió a girar la vista
a Europa y el Atlántico. El problema de las
autorizaciones de operación recíprocas
se había solucionado ya en 1935, pero ahora
los ingleses exigían que la ruta fuese abierta
recién cuando ambos países estuvieran
listos, y ellos no lo estaban. Si lo estaba la Pan
American, que tras quedar abierta la ruta había
encargado a Boeing un nuevo y más grande
hidroavión: nació así el 314
Clipper, el mayor jamás construido.
Pero así como la aerolínea se había
extralimitado con la ruta a Nueva Zelanda, Trippe
había hecho lo mismo con estas adquisiciones,
y considerando los accionistas que semejantes gastos
ponían en peligro la continuidad de la compañía,
fue destituido. “Sonny” Whitney, líder
del golpe, asumió la presidencia, una traición
que Juan jamás perdonaría. En un momento
dado, incluso había acordado reunirse con
Whitney para un almuerzo de reconciliación,
pero —todavía resentido— luego
cambió de idea y regresó poco después
de salir de su oficina, ubicada en el famoso Edificio
Chrysler.
Trippe permaneció como director general,
pero sin ninguna capacidad de tomar decisiones sin
pasar por Whitney. Se cuenta que cuando Whitney
presidía las reuniones, Trippe escuchaba
cortésmente, pero no abría la boca.
El 20 de mayo de 1939, finalmente, el Yankee Clipper
despegó de New York en el tan largamente
esperado primer vuelo comercial a Lisboa, Marsella
y Southampton. Trippe se había ido a Inglaterra,
y no estuvo presente en la ceremonia.
Pasaron los meses y la compañía parecía
haberse estancado. La guerra rugía en Europa
y la dirección era tan indecisa que ni siquiera
había previsto un plan de vuelo alternativo
para el caso de tener que modificar sus servicios.
Al final, se tomó la decisión inevitable
y en enero de 1940 Trippe recuperó todos
sus poderes. Los ejecutivos que habían aceptado
con demasiada alegría el ascenso de Whitney,
entre los que estaban Leuterlitz y Lindbergh, debieron
irse (aunque el último volvería más
tarde).
Durante la Guerra la compañía continuó
sirviendo algunas rutas, sobre todo hacia América
del Sur, pero buena parte de los recursos fueron
puestos al servicio del esfuerzo bélico.
Sin embargo, Trippe no se puso a esperar que el
conflicto se acabara para continuar con el desarrollo
de la compañía. Una prueba de ello
es que fue durante ésta que finalmente comprendió
que el avión desarrollado por la Lockheed
para la TWA, el Constellation, era mejor que su
propio aparato, el DC-4, producido por la Douglas.
Así que no tuvo ningún problema en
encargar sus propios Connie. De hecho, cuando finalizada
la guerra comenzaron a despacharse los aviones a
las aerolíneas (antes eran requisados por
las Fuerzas Armadas para el transporte de personal),
consiguió que el primer Constellation fuera
para Pan American, lo que le permitió inaugurar
el primer servicio regular con este aparato, un
par de semanas antes de que lo hiciera la TWA.
Pero a partir de entonces, la principal labor de
Trippe hasta su retiro a mediados de los años
sesenta consistiría en mantener la compañía
a flote, frente a una creciente competencia y al
tácito abandono en que lo dejó el
gobierno americano, una vez que ya no fue necesario
para la política exterior. De hecho, fue
el propio gobierno el alentó la competencia
de la TWA. Además, algunos métodos
de Trippe le había granjeado considerables
antipatías en círculos gubernamentales.
Harold Ickes, quien fuera ministro de Interior de
Franklin D. Roosevelt, escribió en su diario
personal: «Aparentemente, Trippe, el presidente
de Pan American, es una persona sin escrúpulos
que compra y engatusa para abrirse camino. Se ha
hecho un historial poco lisonjero en países
de América del Sur. Posee lo que se ha convertido
en un monopolio a escala mundial, y el presidente
está en contra de estas cosas... El presidente
dijo que había conocido personalmente a Trippe.
Le describió como un hombre de afabilidad
interesada, capaz de buscar tu confianza a fin de
conseguir sus propósitos.»
Horace Brock describió el resultado de esta
política gubernamental de posguerra: «Inmediatamente
se creó competencia a Pan Am. TWA fue autorizada
a volar a Londres, París y Roma, los principales
puntos generadores de tráfico de todo el
sistema de Pan Am, al tiempo que se dejó
a ésta que explotara rutas poco provechosas,
aunque de interés nacional, a Oslo, Teherán,
Johannesburgo, Bangkok y otras por el estilo. En
el Pacífico, Pan Am había creado servicios
aéreos a Nueva Zelanda, Australia, el Sudeste
asiático, China y Japón, de nuevo
interesantes para el gobierno pero difícilmente
rentables; y a United Airlines se concedió
rápidamente el único sector en verdad
provechoso de toda la red, de la Costa Oeste a Hawai,
hacia el que fluían servicios de todo Estados
Unidos. Para cuando yo dejé la compañía,
y esto fue en 1954, parecía claro que Pan
Am había dejado de ser un negocio viable
y que posiblemente no volvería a serlo. Trippe,
sin embargo, continuó peleando como un león
para conseguir un apoyo gubernamental que difícilmente
iba a dársele.»
Trippe tuvo sin embargo un último triunfo,
al ser la primera aerolínea americana en
adquirir aviones jet, además de convertirse
en la principal operadora individual de uno de los
mejores aparatos de este tipo: el Boeing 707. Y
luego, fue él quien encargó a su amigo
Bill Allen, de la Boeing, el desarrollo de un avión
más grande, dando origen al 747. Incluso
fue el pedido formal de 21 aparatos, formulado en
abril de 1966, lo que hizo posible que el extraordinario
avión —que nadie creía necesario—
se hiciese realidad. El año anterior, Juan
Terry Trippe había recibido el premio Tony
Jannus por su distinguida e innegable contribución
al desarrollo de la aviación comercial.
Trippe renunció a la presidencia en 1968,
pero continuó asistiendo a las reuniones
de la Junta de Directores, además de conservar
una oficina en el edificio de Park Avenue. Pero
ninguno de sus sucesores supo dar la talla.
Juan Terry Trippe falleció el 3 de abril
de 1981 en su departamento de la Quinta Avenida,
y fue sepultado en el cementerio Green-Madera de
Brooklyn. En 1985, el Presidente Ronald Reagan le
otorgó póstumamente la Medalla Presidencial
de la Libertad.