A LA CONQUISTA DEL CONTINENTE AMERICANO
Aunque la aviación existía
ya desde hacía algún tiempo, no fue sino
hasta que la I Guerra Mundial puso en evidencia sus posibilidades
que en el mundo del transporte se le empezó a prestar
atención. A esto también colaboró
la gran cantidad de pilotos desempleados y el gran número
de aparatos remanentes del Ejército. Y aunque por
entonces nadie pensaba todavía en transportar personas
de forma masiva, pareció una alternativa ideal
para el traslado de la correspondencia, dando nacimiento
así al correo aéreo.
A finales de 1925, el Congreso de los Estados Unidos aprobó
la llamada «Acta Kelly de Correo Aéreo»
(por Clyde Kelly, Congresista por Pennsylvania), según
la cual el Servicio Postal quedaba autorizado a firmar
contratos de correo aéreo con compañías
privadas, pagando tres dólares por libra de peso.
Juan Terry Trippe conseguiría el primero de estos
contratos, dando comienzo entonces a la que llegaría
a ser la aerolínea más grande del mundo.
El nombre español de Trippe —Juan—
provenía del cariño que su madre tenía
por una tía llamada Juanita. La verdad es que Trippe
odiaba ese nombre, a pesar de lo cual nunca intentó
ocultarlo. Por otro lado, estaba orgulloso de sus antepasados,
llegados a Maryland en el siglo XVII. Durante sus estudios
en la Universidad de Yale, Trippe había sido un
joven tímido, indeciso y cortés, que pasaba
los cursos sin destacar, y que dejó pocos recuerdos
entre sus compañeros. En 1917 abandonó Yale
para hacerse piloto de bombardero de la Marina y, aunque
no llegó a entrar en combate en la Primera Guerra
Mundial, quedó enamorado de los aviones. Terminado
su servicio, regresó a la Universidad, donde fundó
un club de vuelo. Tras graduarse, logró resistir
a la presión familiar para que se dedicara a una
carrera más convencional y decidió abrirse
camino en la casi inexistente aviación comercial.
La primera compañía aérea de Trippe
fue la Long Island Airways, para la que compró
nueve biplanos excedentes de la Armada a 500 dólares
cada uno. Con seis aviadores trabajando para él,
fue el presidente de la compañía, director
de ventas, piloto y mecánico a tiempo parcial.
Hacía vuelos de turismo por Long Island y ocasionales
viajes a Canadá y Florida, pero perdía dinero
y, cuando en 1924 sus viejos aviones dejaron de funcionar,
la compañía se hundió.
Sin embargo, Trippe no estaba dispuesto a darse por vencido.
Al año siguiente, la firma del Acta Kelly le abrió
las puertas a una nueva oportunidad. Buscó a algunos
de sus amigos ricos de la universidad y fundó una
sociedad llamada Eastern Air Transport, dispuesto a conseguir
el contrato entre New York y Boston. El problema era que
había un competidor, Colonial Airways, por lo que
Trippe, tras algunas maniobras, logró la fusión
entre ambas compañías bajo el nombre de
Colonial. Luego de eso, el contrato para el transporte
de correo estuvo en sus manos y Trippe se convirtió
en presidente de la empresa. Pero aunque la Colonial era
un buen negocio, el joven y ambicioso emprendedor no estaba
satisfecho.
Por esa época, el famoso diseñador aeronáutico
holandés Anthony Fokker acababa de llegar a los
Estados Unidos con el F-7, y Trippe quedó impresionado
con el grado de seguridad que ofrecían sus tres
motores. En diciembre de 1926, Trippe efectuó un
vuelo de prueba a Florida con el propio diseñador.
Durante el vuelo ocurrió el siguiente incidente:
«Cerca de Key West, en los Estrechos de Florida,
se paró un motor, y después, mientras buscábamos
un sitio para aterrizar, se paró otro. Nos posamos
en uno de los cayos, cubierto de manglares, reventamos
los neumáticos y dañamos el fuselaje y el
ala, pero nosotros nos libramos con sólo algunas
sacudidas.» Trippe ofreció este relato como
prueba de la seguridad del avión, pero sus amigos
y socios se enfadaron cuando supieron que ya había
encargado dos de esos caros aparatos por iniciativa propia,
y le pidieron que se desdijera. Por supuesto no lo hizo.
Fue poco después de este incidente que Trippe se
enteró de que iba a abrirse una ruta postal entre
Key West y Cuba. En Florida, se encontró con que
allí operaban ya dos compañías aéreas.
Una, la Atlantic, Gulf, and Caribbean Airways, había
sido fundada el 11 de octubre de 1926 y estaba dirigida
por el agente de bolsa neoyorquino Richard Hoyt, que había
explotado una línea ya desaparecida de La Florida.
Hoyt carecía de aviones, pero contaba con una importante
infraestructura financiera y comercial.
La otra empresa había sido fundada el 14 de mayo
de 1927 —en gran parte por motivos patrióticos—
por cuatro oficiales del Cuerpo Aéreo del Ejército
encabezados por el comandante Henry H. «Hap»
Arnold. Arnold era entonces oficial del Servicio de Inteligencia
en Washington, y estaba preocupado por una compañía
alemana que operaba en Colombia, la SCADTA, considerada
como una amenaza potencial para el Canal de Panamá.
La compañía de Arnold había adoptado
el nombre de Pan American Airways Inc., y fue la que obtuvo
el contrato del gobierno para volar a Cuba. El problema
es que Arnold se había quedado sin dinero (principalmente
por mala previsión financiera), carecía
de aviones para la empresa y, lo que es peor, no contaba
con el permiso del gobierno cubano para aterrizar en la
isla.
Mientras tanto, Trippe había formado, el 2 de junio
de 1927, la Aviation Corporation of America, con el apoyo
de, entre otros, los importantes financistas William A.
Rockefeller y Cornelius Vanderbilt Whitney, que fue su
primer presidente. La Aviation Corporation of America
se había fundado sobre la base de la adquisición
de dos compañías de La Florida: la Florida
Airways —fundada por los Ases de la Primera Guerra
Eddie Rickenbacker y Reed Chambers—, y de otra aerolínea
fundada por John K. Montgomery y Richard B. Bevier. Esta
última contaba con un servicio más o menos
regular desde Key West a La Habana. Una vez constituida
la empresa, Trippe viajó a La Habana, donde consiguió
del presidente Machado los derechos exclusivos para volar
a Cuba. Se daba así la circunstancia de que Hoyt
poseía la infraestructura y el financiamiento,
Arnold el contrato para llevar correo a Cuba, y Trippe
los derechos para aterrizar allí. Era evidente
que lo que se venía era una fusión de la
principales compañías aéreas con
base en La Florida.
En las negociaciones para la fusión, le ofrecieron
a Trippe una participación minoritaria, pero éste
sabía que nada podían hacer sin él,
y se mantuvo firme: quería el control. Finalmente,
tanto Arnold como Hoyt se vieron obligados a ceder, constituyéndose
la Aviation Corporation of the Americas el 23 de junio
de 1927. Trippe fue nombrado director general y gerente
de Pan American, la filial operadora de la corporación.
Tenía apenas 28 años. Inicialmente, Hoyt
fue nombrado presidente, pero como los socios de Trippe
se apresuraron a tomar el control, pronto fue reemplazado
por «Sonny» Whitney.
«La Pan American» —escribió un
investigador de sus primeros tiempos— «fue
formada por gente rica con muchas ganas de volar».
Tenía razón. Un subdirector de aquella época
se entretenía calculando el dinero que sumaban
los jóvenes Vanderbilt Whitney, Harriman y Lehman,
a quienes se veía sentados en torno a la mesa del
consejo de administración. Quedó estupefacto
al ver que la cifra casi llegaba a los 850 millones de
dólares. La fortuna heredada por Trippe, hijo de
un banquero de New York, podía considerarse modesta
en comparación a la de sus socios.
Pero tras el duro trabajo desarrollado por Trippe para
constituir la aerolínea, la compañía
estuvo a punto de no poder cumplir con su primer contrato.
Éste exigía que la nueva empresa debía
comenzar a transportar correo el 19 de octubre de 1927,
pero el día anterior aún no habían
llegado los dos Fokker pedidos. Trippe viajó a
Washington para intentar convencer al director de Correos
de que le extendiera el plazo, pero no fue necesario.
Un hidroavión perteneciente a la West Indian Aerial
Express, comandado por el piloto acrobático Cyril
C. «Cy» Caldwell, acertó a detenerse
en los cayos para repostar, y fue inmediatamente alquilado
y enviado a Cuba con el correo, que llegó justo
a tiempo. De hecho, el «La Niña» —como
había sido bautizado apresuradamente el hidroavión—
llegó a La Habana una hora antes del cablegrama
que anunciaba su partida. El avión regresó
esa misma tarde a los Estados Unidos y, una vez más,
lo hizo una hora antes que el cable que anunciaba su salida.
Durante la semana siguiente, una brigada de hombres limpió
a toda prisa una pista en una pequeña isla de Key
West, ya que los Fokker no estaban preparados para operar
desde el agua. Cuando los aviones finalmente llegaron
—y con un granero como hangar— la compañía
pudo ofrecer un servicio diario a Cuba, inaugurando el
servicio de pasajeros el 28 de enero de 1928.
El emblema de la nueva firma fue un globo del que salía
un ala de águila. Era magnífico, pero coincidía
poco con la realidad de la empresa. Su patrimonio consistía
en dos aviones, un pequeño despacho de billetes
en el Hall del Hotel Biltmore de La Habana, otro en el
aeropuerto de Key West, Florida, y una oficina central
de tres habitaciones en la calle 42 de New York. Las reservas
en efectivo eran tan escasas que Trippe aceptó
cobrar su salario en acciones de la compañía,
y muchas veces tuvo que pagar el alquiler de la oficina
—de 60 dólares— de su propio bolsillo.
Eran tiempos en los que el vuelo por instrumentos se asemejaba
a lo que para nosotros es el viaje interestelar, y uno
de los mayores problemas que enfrentaban los pilotos era
que, una vez en el aire, debían volar «a
ojo», siguiendo rutas o estimando en base a accidentes
geográficos, lo que no era muy fácil cuando
se volaba sobre en mar. En un vuelo de sólo 160
kilómetros, podían encontrarse hasta 80
kilómetros fuera de rumbo, y tenían que
volver por la costa hasta encontrar una referencia que
les permitiera deducir dónde estaban. Un hidroavión
(felizmente lo era) se desvió mar adentro y se
le acabó el combustible. Por suerte se encontró
con un petrolero, amarizó a su lado, repostó
y siguió su viaje. Otro avión, que tenía
una velocidad máxima de 128 kilómetros por
hora, se encontró con un huracán que traía
vientos en contra de 145 km/h. El piloto había
sido dado por desaparecido cuando fue descubierto volando
sobre el aeródromo del que había partido
hacía una hora. Pero este no era el único
problema que enfrentaba la nueva compañía.
Dependía de las previsiones del tiempo de la estación
meteorológica de Key West y del Observatorio Jesuita
de La Habana, pero los reportes llegaban por cablegrama
con un retraso inevitable de dos horas, lo que a veces
provocaba que no coincidiera con las condiciones que efectivamente
encontraban los aviones en el vuelo.
En marzo de 1928, la compañía negoció
un nuevo contrato y trasladó su base a Miami. Si
bien la distancia a La Habana era mayor (unos 400 kilómetros),
los Fokker podían salvarla fácilmente, además
de que les permitía a los pilotos estimar mejor
las condiciones del viento y efectuar las correcciones
antes de internarse en mar abierto. La mayoría
del tráfico era de transporte postal, pero durante
el invierno —y en los días de la Prohibición—,
el director de pasaje acostumbraba a apostarse frente
a su pequeña oficina en Biscayne Boulevard e invitar
a los ricos turistas a «volar a La Habana y bañarse
en ron Bacardí de aquí a dos horas».
Uno de los que aceptó aquella invitación
fue Al Capone, acompañado por cuatro guardaespaldas.
El piloto que los llevó informaría luego
que esos cinco pasajeros fueron los más terribles
que hubiera llevado.
Pero Trippe aspiraba a un ingreso más regular,
que permitiera a Pan American extender sus alas sobre
todo el mundo, como lo indicaba el logotipo de la aerolínea.
Y para lograrlo contaba con el don de la palabra. Un ingeniero
aeronáutico recordaría muchos años
después: «Me llevó a comer a principios
de 1927. Después de oírle, dejé un
trabajo que podía ser para toda la vida y me fui
a su disparatada compañía. Cuando llegué
a casa no me atrevía a contárselo a mi mujer».
Otra de la incorporaciones logradas por Trippe de esta
forma fueron André Priester, un ingeniero holandés
y amigo de Anthony Fokker, a quien contrató para
que estudiara el diseño de nuevos hidroaviones
necesarios para cubrir rutas más largas.
Pero la que probablemente haya sido su mejor adquisición
fue la de Hugo Leuteritz. Leuterlitz, un joven y larguirucho
ingeniero de la Radio Corporation of America (RCA), había
estado trabajando casi por su cuenta en el desarrollo
de un equipo de navegación por radio para aviones,
dispositivo esencial para vuelos largos sobre el mar.
Los equipos de navegación por radio existentes
eran muy primitivos y demasiado voluminosos para su uso
en aviones. Además, en los trópicos, donde
Trippe pensaba volar, las interferencias atmosféricas,
que producían ruidos en los receptores, eran tan
intensas que era imposible para los pilotos captar la
señal. Leuterlitz creía poder resolver esos
problemas, pero la mayoría de los empresarios de
aviación se mostraron escépticos, y nadie
quiso financiar sus investigaciones. Trippe no sólo
lo escuchó, sino que le facilitó 25.000
dólares y le dio permiso para instalar su rudimentario
equipo en los aviones de Pan American.
A base de ensayos, Leuterlitz encontró las frecuencias
que superaban las interferencias y, a partir de allí,
diseñó un circuito de orientación
con base en tierra y bastante capacidad como para recibir
señales de los aparatos que volaban de Key West
a La Habana. Los pilotos enviaban una clave telegráfica
de longitud de onda suficiente para alinear el circuito
con la orientación exacta de la señal procedente
del avión. Entonces, el operador de tierra transmitía
en código Morse al piloto el rumbo preciso. Al
principio, los pilotos no estuvieron muy contentos de
depender de tierra, pero el sistema ligero diseñado
por Leuterlitz pronto demostró sus virtudes, y
abrió a Pan American las puertas del mundo. Una
vez terminado el proyecto, Trippe convenció a Leuterlitz
de que se quedara en la compañía.
Mientras tanto, Trippe se había enterado de que
Kelly estaba preparando una nueva ley para el transporte
de correo extranjero. A través de un compañero
de habitación de la universidad, Trippe logró
entrevistarse con su padre, Andrew Mellon, que por entonces
no sólo era el hombre más rico de Pittsburgh,
sino también el Secretario del Tesoro. Mellon lo
recomendó a Kelly y, en una entrevista que duró
varias horas, logró introducir algunos puntos de
su interés en el proyecto de ley. Uno de estos
puntos era el que autorizaba al director general de Correos
para decidir cuál de los postulantes podía
«realizar los servicios requeridos con mayores ventajas
para el gobierno».
Pocas semanas después de aprobarse la ley de Correo
Extranjero, se convocó a la subasta de dos nuevas
rutas. La primera, llamada FAM 5, iba de Key West a La
Habana, y entonces tiraba al oeste hasta Mérida
(en la península mexicana de Yucatán) y
el canal de Panamá. Esta ruta contaba con un total
de 3.320 kilómetros. La FAM 6 también iba
de Key West a La Habana, pero luego se dirigía
al este hasta Haití y Puerto Rico, con la posibilidad
de extenderse, a través de las islas de Sotavento
y Barlovento, hasta Trinidad. Un periplo de 3.090 kilómetros.
Cuando, el 8 de marzo de 1928 Pan American ganó
ambos contratos con la tarifa mayor, lógicamente
comenzaron a correr toda clase de rumores —Trippe
incluso se había ocupado de que sus pilotos recorrieran
las ciudades que jalonaban las rutas para obtener en cada
una de ellas los derechos exclusivos de aterrizaje para
su compañía. Sin embargo, la relación
entre Trippe y Washington, era casi inevitable. El gobierno
americano estaba cada vez más preocupado por la
influencia europea en el continente, y lo cierto era que
Pan American parecía ser la mejor herramienta para
contrarrestarla.
La aerolínea estatal francesa, la Aéropostale
(luego Air France), se estaba extendiendo por Brasil,
Argentina y Venezuela. La ya mencionada SCADTA, una empresa
de capitales alemanes, había efectuado ya vuelos
entre Florida y Colombia. La posición más
generalizada dentro del gobierno americano era que, si
bien se debía alentar la sana competencia, dado
que la mayoría de las aerolíneas extranjeras
eran estatales, los Estados Unidos también debían
prestar su apoyo a una única compañía,
y ninguna cumplía mejor los requerimientos de una
aerolínea de bandera estadounidense que Pan American.
Y esta idea estaba tan arraigada que un político
señaló, durante una reunión de un
comité del Senado en 1941, que «por desagradable
que pueda resultar un monopolio en condiciones normales,
nuestras líneas aéreas en el extranjero
son un monopolio, instituido y fomentado por el gobierno.»
Y este monopolio pareció quedar claro cuando, en1929,
Trippe ganó su tercer contrato postal exterior,
para una ruta a través de México partiendo
desde Texas. Sin embargo, cabe señalar que un año
antes Pan American había adquirido la Compañía
Mexicana de Aviación, lo que la convertía
en la única empresa estadounidense con una filial
en México, y las leyes mexicanas no permitían
que empresas extranjeras transportaran correo dentro de
su territorio. Con la concesión de esas primeras
líneas hacia el sur, Trippe aseguraba a la Pan
American unos ingresos postales garantizados de cincuenta
millones de dólares para los siguientes diez años.
Las acciones de la compañía se dispararon.
Trippe aprovechó el buen momento para contraer
matrimonio con Elizabeth Stettinius, hija de un socio
de J. P. Morgan y hermana de Edward, un compañero
de la universidad, que con loa años llegaría
a ser presidente del consejo de administración
de la U. S. Steel Corporation y, más tarde, secretario
de Estado de su país. Tras la luna de miel, Trippe
siguió con su política de extender sus rutas,
para lo cual encargó a Igor Sikorsky un anfibio,
pues con toda razón creía que el hecho de
poder operar tanto desde tierra como desde agua, facilitaría
la creación de nuevas rutas.
Por entonces eran pocas las instalaciones aptas para las
operaciones aéreas, y éstas casi no existían
a medida que se bajaba en el mapa, y, como indicó
André Priester, «un hidroavión lleva
su propio aeropuerto en la panza». El Sikorsky S-36
entró en servicio el 4 de febrero de 1929 en la
ruta Miami-Panamá, y fue pilotado por Charles Lindbergh,
el primer hombre el cruzar volando el Atlántico
en solitario, que en enero se había convertido
en asesor de Pan American.
Trippe conoció a Charles Lindbergh en febrero de
1928, unos ocho meses después del vuelo que lo
haría famoso. Trippe lo invitó a incorporarse
a la compañía como asesor, y Lindbergh aceptó
a cambio de cobrar parte de sus honorarios en opciones
de capital. Aunque Lindbergh no trabajó en exclusiva
para Pan American, sus consejos dieron forma a la estrategia
de la compañía durante las siguientes tres
décadas. Siguiendo las huellas de Lindbergh y de
otros exploradores aéreos, pronto comenzaron a
llegar a los distintos lugares seleccionados las brigadas
de constructores enviadas por Pan American, en barcos
y canoas, a pie y en burro, abriéndose paso a través
de kilómetros y kilómetros de espesas selvas.
En el plazo de seis meses, estos hombres montaron una
red de campos de aterrizaje y puestos de navegación
a lo largo de 1.300 kilómetros de selvas y pantanos,
entre los territorios de Panamá y Honduras Británica.
Pero Trippe estaba ya pensando más lejos, en la
costa occidental de América del Sur. Con esa idea,
compró una pequeña compañía
de fumigación en Perú —explotada por
los mismos que luego fundarían Delta Airlines en
los Estados Unidos (paradójicamente la aerolínea
que se quedaría con la mayor parte de Pan American
cuando esta quebró en 1991)— y la rebautizó
Peruvian Airways. Asimismo, montó una compañía
en Santiago, a la que llamó Chilean Airways. Finalmente,
eliminó uno de los peligros que habían quitado
el sueño a hombres poderosos de Washington durante
años, al comprar por 1,1 millones de dólares
la SCADTA. La venta, sin embargo, se mantuvo en secreto
por motivos políticos, y los alemanes continuaron
gestionándola.
De todas maneras, el escollo más difícil
en el camino de Trippe hacia el Sur era la W. R. Grace
and Company, un enorme conglomerado comercial americano
que controlaba todo lo que se moviera de norte a sur por
la costa americana del Pacífico. Sin embargo, habían
fracasado en el intento de establecer una ruta aérea
a lo largo de este territorio debido al control que Pan
American ejercía sobre Panamá, que impedía
a otra compañía llegar hasta los Estados
Unidos.
Dada la situación, ambas empresas decidieron unirse
para explotar, convenientemente, la región. Surgió
así la Pan American Grace Airways o PANAGRA. A
las dos semanas, Panagra obtuvo un gigantesco contrato
postal para una ruta de 7.200 kilómetros desde
Panamá hasta Chile, y de allí a Buenos Aires
y Montevideo. En apenas un año las rutas de la
compañía habían pasado de 400 kilómetros
a más de 20.000.
Con la constitución de Panagra, Trippe tenía
asegurada la ruta por la costa occidental, pero para completar
el círculo debía enlazar Buenos Aires con
la Guayana Holandesa, el último punto de Pan American
por la costa del Atlántico. Pero allí había
otro gran problema. Un estadounidense, tan hábil
y decidido como Trippe, sólidamente respaldado
por Wall Street, y poseedor de algunos de los más
modernos aviones, tenía planes similares. Se trataba
de Ralph O’Neill, un piloto que había ganado
tres Cruces de Servicios Distinguidos durante la Primera
Guerra Mundial, y que con modernos aviones especialmente
diseñados y construidos para él por la Consolidated,
y estaciones marinas, hangares, radiotransmisores, talleres,
varaderos, y boyas de amarre distribuidos a lo largo de
una ruta de 10.000 millas, tenía ya una aerolínea
operando, llamada New York Rio and Buenos Aires.
Para 1930, sin embargo, la aerolínea de O’Neill
estaba atravesando problemas económicos. Una de
las razones de ello era el tener vedado el acceso a los
lucrativos contratos de correo aéreo de los Estados
Unidos, debido a la presión en ese sentido que
estaba ejerciendo Pan American Airways. En medio de esta
situación, el director general de Correos, Walter
Brown, señaló —con una sinceridad
poco frecuente en un político— que «la
convocatoria de concursos para adjudicar concesiones de
correo aéreo es poco menos que un mito».
Luego, aconsejó a O’Neill vender la NYRBA
a Trippe. James Rand, uno de los ejecutivos de éste,
dijo luego de las negociaciones: «Si las discusiones
hubieran durado una semana más, le hubieran dado
a Trippe la compañía por nada». De
hecho, los accionistas de la NYRBA, apenas recuperaron
40 centavos por cada dólar invertido. En sólo
tres años, Juan Trippe había convertido
una línea de 150 kilómetros en una red de
32.500 kilómetros, que se extendía por veinte
países. A los 31 años, estaba al frente
de la mayor aerolínea del mundo en distancia recorrida.
Y lo cierto es que aunque Pan American tenía como
filosofía no inmiscuirse en las cuestiones locales
de los países en los que estaba establecida, el
peso económico de la compañía no
podía dejar de afectar a la mayoría de ellos.
Su presencia alentó las inversiones americanas
en la región e influyó en el desarrollo
socioeconómico, aunque más no fuese por
enlazar puntos que antes estaban aislados por selvas y
montañas. Los aviones de Pan American pronto se
convirtieron, en toda América Latina, en el símbolo
más visible de la política de buena voluntad
que Washington había proclamado durante los últimos
treinta años.
Mientras tanto, Trippe continuaba siendo para casi todos
un misterio. Tras un viaje de 14.000 kilómetros
por Venezuela, Colombia y América Central en un
hidroavión piloteado por Lindbergh y acompañados
por sus respectivas esposas, Trippe dejó esta sensación
en Anne Lindbergh: «un hombre grande y torpe como
un oso, que producía una gran sensación
de bondad». Uno de sus más antiguos amigos
señaló que «Juan es en esencia un
solitario, no se explica con facilidad». Y se explicaba
tan poco que sus socios casi nunca sabían lo que
iba a hacer. En las reuniones de trabajo, solía
sacar del bolsillo unas notas garabateadas y proponer,
sin ningún aviso previo, un nuevo proyecto. Muchas
veces las notas iban a la papelera, sin dejar rastro oficial
del asunto. Como señaló uno de sus colaboradores,
«llevaba la Pan American en la cabeza». Pero
gracia a él, finalmente la aerolínea por
fin podía hacer honor a su ambicioso nombre, pues
realmente se había convertido en una compañía
«panamericana». Juan Trippe, entonces, dirigió
su atención a los otros continentes.